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Lacayos españoles: Isabel II

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Usted tiene que escucharme esta noche, Madre, que necesito desatar la lengua y relajar el espíritu, y aun más vaciar esta cabecita de cavilaciones, que temo volverme loca, ida o tonta de capirote un día de estos, porque yo ya no entiendo nada ni nadie fuera ni dentro de Palacio parece querer entenderme, y todo, en definitiva, me desespera y crea gran congoja. ¿Por qué no me quieren los españoles, Madre querida? ¿Por qué no sienten por su Reina el cariño inocente que yo siento por ellos? Que siento hasta celos de su estado, postrados como están en la ignominia, pero que nunca es mayor que mi miseria y desdicha... Que usted ya sabe que yo he pecado por efecto y omisión, por activa y por pasiva, de acto y de pensamiento, y el Niño Jesús me contempla desde su cunita, recoleto, desnudito, y llora porque soy mala, y yo me avergüenzo de mis infamias, y me pongo triste, y si la Reina se pone triste, triste está mi pobre España, y ya no me queda más remedio que venir a usted, Madre Patrocinio, ...

Mínimo bosquejo de héroe

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Reconozco que me he ido acostumbrando a estas tapias, pero que, en ocasiones, sobre todo al principio, me costaba encontrar la calma cuando me faltaba el caballo. No lograba asociar esta piedra a la otra piedra, ni encontrar un vínculo pétreo entre ellas que levantaran juntas una fosa en derredor esta celda en que vegeto. Se me ha hacho duro no tener, desde que estoy pudriéndome en esta hoya, la hermosa sensación de levantar el vuelo y abandonar este cubículo en que estoy echando raíces mortíferas. Crecí entre los bananos de Chinandega y fui el cuarto de entre los diez hermanos que tuve. Mi madre paría como quien recogía bananas. Abría complacida las piernas al primer cacique que la encerraba bajo los doseles de su catre. De diez hijos apenas cinco llegamos a salir a la calle valiéndonos de nuestras piernas. El dengue, la malaria y esa asquerosa y fétida agua de las acequias hicieron estragos aquellos años de mi niñez. Eso cuando no llegaba el nuevo santo de mi madre a probar su cinto ...

El poeta (y 5)

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Querido Vlado, Recibí esta mañana tu telegrama de felicitación desde Zagreb y me causó una emocionada sorpresa. Siempre es gratificante recibir una cordial felicitación de un viejo amigo, doblemente viejo, bien a mi pesar, pues hace demasiado tiempo que no me reconfortan tus buenas noticias ni siento como propias tus contrariedades. A pesar de tal circunstancia, quiero pensar que Maja y los niños se encuentran bien, y que todo ello redunda en tu dicha. Intuyo que la nueva que me ha traído a París la has conocido a través de los periódicos, del mismo modo que tu vida política se entromete muchas mañanas en mis desayunos. Ya sabes el pudor que me causan todos estos parabienes y la atención que de vez en cuando me dedican los periodistas. Sin ir más lejos, hace unas horas he concedido una entrevista a una muchacha para un conocido medio francés, y es posible que a estas horas mis palabras y palabrotas estén siendo calcadas por el ritmo frenético de la imprenta. Me río de este inesperado...

El poeta (4)

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Hay un palmo de nieve orillada en las aceras y tú sigues en el fondo del escenario ensayando sin darte un descanso tu danza de los hombros. Tus pies, que tantas veces han ardido hollando las arenas de los eriales, tienen miedo a la nieve. Tranquila, no temas, aquí no te pasará nada. La nieve golpea frenética las puertas y las ventanas, pero aquí estarás siempre resguardada del bocado gélido y blanco. Los ojos de Vlado y los míos están expectantes; quisieran recoger y besar tu cabeza que baila sola y a ratos parece que se descoyunta, como la cabeza del Bautista, tú, que ahora ensayas a Makeda para el maestro Petrolini, que nos deja observarte, agachados en el extremo del proscenio. Imagínate ahora que estás en brazos de un poeta de veinte años, que no tiene dinero pero muchos cuentos le rondan la cabeza. Que ha vivido con un hondo sentimiento golpeándole desde que te vio del brazo de su maestro italiano, un poeta fracasado que ha estado subiéndote a todos los escenarios de Europa con un...

El poeta (3)

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Yo nunca quise luchar por mi patria. Yo quería que algo fuera mío bajo el cielo. Ya desde niño comprendí que las bardas que protegían mi casa la hacían ajena al vecino, y hasta al Sumo Pontífice, si la reclamaba. Sin embargo, el mullido vientre del valle, el celaje y las estrellas todas nos pertenecían a todos. Confieso ahora que estuve engañado desde el principio, que no dejé nunca en paz ni el valle, ni el cielo ni las estrellas con mi codicia abusiva y, de esta forma, las humillaba y, humillándolas, me rehusaban. Pero, en desquite, he de decir que no tuve yo toda la culpa de aquel enorme desatino que había de durar hasta las puertas de mi vejez. Muchas de las gentes que se cruzaron en mi camino me confundieron aún más, aunque sin sombre de mala intención por su parte. Desde joven mis padres me prevenían, y cada tarde al cenar me recordaban que mi destino de estudiante estaba en Milán. A los dieciséis años marché de allí con el corazón abarrotado del que va a la conquista de los mayo...

El poeta (2)

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- No te detengas, Beatrice, no te detengas... Llevaba los ojos vendados. Mis pies y las dunas de aquel desierto inenarrable que me ardía en las plantas, y su cuento de resisitir o morir. No quería que me quedara ciega. Bajo aquel sol relumbrante, que era un riesgo añadido para mis ojos, me conforme con que me acariciaran los párpados la seda fresca de un pañuelo. - No te detengas, querida, sobre todo no te detengas... Estábamos dejando atrás a los soldados y la refriega brutal que habían organizado sus compañeros, y yo me sentí la favorita otra vez, la elegida por el caballero que me venía a rescatar de entre el fragor de las armas, valiéndonos de las piernas veloces para dejar atrás el desastre. El Negus nos estaría esperando en Roma, salvado él también de la estampida, porque todos los caminos se reúnen allí, y allí mismo encontraría, después de la dulce ceguera, al Negus en su palacio de primavera para volverle a deleitar de nuevo con mi baile de hombros. Pero no podíamos volver atr...

El poeta (1)

"En sus limbos mi alma quizá recuerde algo, Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos Tendrán razón al fin, y habré vivido." Luis Cernuda Ahora que nadie nos escucha, entre usted y yo, no sabe el estupendo Beaujolais que nos han servido en el banquete de homenaje, qué aroma, qué cuerpo, parece mentira que tenga que estar en París para degustar nuevamente ese caldo, le digo ahora mismo que aunque soy normalmente buen chico y me suelo contener, esta tarde no he podido resistirlo y en esta ciudad, entre el calor de viejos amigos, habiéndonos deleitado en el yantar, hemos, ¡qué digo "hemos"!, he perdido la noción de toda cosa y de toda responsabilidad en uno mismo, y me he perdido en la ensoñación del vino... Sí, sí, ríase, no crea que exagero, aquí donde me ve, a punto de los honores y los tributos, guardo en mi cámara la única satisfacción de unas copas y de la amistad, me abraso en el vino la violencia de las peleas , decía el gran Horacio, otro catador, poeta para ...